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Justicia

  • Foto del escritor: calmaparahabitar
    calmaparahabitar
  • 24 may
  • 2 min de lectura

La fina línea que separa el bien del mal, normas de la sociedad, enseñanzas familiares sobre lo que se espera de un ser humano viviendo en comunidad. Hábitos que se heredan, otros que se construyen. Mi papá siempre ha sido ese ejemplo que no importa lo que haga, tengo que cumplir las reglas establecidas, no desviarme del camino del bien. Las reglas están para cumplirlas. Es por ello que busco insistentemente la justicia en todo lo que hago, en todo lo que me encuentro en el camino y soy testigo, DEBO exigir justicia y señalar a quién no cumple las reglas. ¿Qué reglas? ¿Dónde están escritas?



Una ley, una norma, un decreto… impuestos por autoridades. ¿Pero qué pasa con lo que es “moral” y “éticamente” correcto? No está escrito en ningún lado. Nunca olvidaré una clase de Historia en secundaria, mientras estudiábamos sobre los tres pilares de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad. En ese instante, el docente dice: “donde hay libertad no existirá igualdad, el libre albedrío de cada ser humano es esencialmente diferente y por ende, la igualdad no será alcanzada en la cotidianeidad.¨ Esta reflexión se quedó en mi mente hasta hoy. Es un gran punto: cada ser humano será libre de elegir lo que le convenga, beneficie, prefiera. Y como dicen: “sobre gustos y colores no han escrito los autores”, la igualdad siempre será una utopía en muchos ámbitos. 


¿Qué es justo para mi versus lo que es justo para alguien más? Lo que es bueno o “aceptable” para mí, puede que no lo sea para otros. Me pregunto: la búsqueda de la justicia, ¿merece un esfuerzo exacerbado?. Por supuesto que en escenarios altamente “calificables” y “medibles”, en las llamadas "ciencias exactas” se encuentra la simpleza de dos dividido dos, será uno. Pero, ¿qué sucede cuando introducimos variables no cuantificables ni fácilmente medibles?. 


¿Debo pensar en el otro en esta búsqueda de justicia? ¿O debe primar lo que yo considero es justo?  Es un balance sumamente difícil bajo el cual intento buscar justificaciones para el otro, y para mí. Un esfuerzo mental energéticamente agotador, nunca seré capaz de “ponerme en los zapatos del otro” por completo, porque no viví su vida, cada detalle, su experiencia, ni tengo la misma personalidad ni emociones que el otro tiene. Jamás lo igualaré desde mi suposición ni imaginación. 



La clave, creo yo, es buscar con delicadeza y encontrar puntos de similitud, de “igualdad”, que me permitan partir de una base medianamente justa para luego aplicar los filtros morales y éticos que considero son los correctos. Imagino el tiempo que eso conlleva y ocupa mi mente. El verdadero “pensar antes de actuar” convertido en “analizar antes de actuar”, un poco más profundo. Ojalá pueda convertirlo en un hábito, algo que inconscientemente lo pueda desarrollar e implementar. De esta manera, lograr caminar con más calma sin intentar aplicar mi vara justiciera que inevitablemente me llevará a enfrentar conflictos por donde quiera que vaya. Hábitos… otra reflexión que quedará para el próximo artículo.

 
 
 

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