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Conversaciones

  • Foto del escritor: calmaparahabitar
    calmaparahabitar
  • 19 jul
  • 2 min de lectura

Quienes me conocen saben que suelo decir lo que se me viene a la mente. Me hago cargo de mis palabras y sus consecuencias. Sé perfectamente lo que puede pasar cuando hablo: el silencio incómodo después, la distancia que se instala, alguna relación que se enfría o termina. Y aún así, he elegido decir. No sé si es valentía o simplemente una forma de actuar que me ha costado cambiar. Lo que sí sé es que cuando callo lo que pienso, algo en mí se incomoda más que cualquier consecuencia externa. Varias veces preferí la verdad incómoda a la paz que se sostiene en lo que no digo. Pero, ¿es necesario vociferar siempre?. ¿No habría sido más beneficioso callar en algunas instancias y dejar que el agua corra?.



Debo admitir que no siempre cuando hablé me sentí en calma. En varias oportunidades me quedé reflexionando sobre esa situación durante días, juzgando y dudando si lo que dije, y sobre todo, la manera en que lo dije, fue asertiva. Y ahí encontré un punto: no siempre es lo que se dice, sino la manera en que lo decimos. El verdadero poder radica en elegir de forma asertiva las palabras y el tono exactos para comunicar nuestras ideas y opiniones sin dañar innecesariamente. También radica en saber elegir cuándo es necesario abstenerse de hablar. Podemos expresar una verdad sin ser dañinos, y también podemos ser dueños de nuestra verdad sin decirlo. 


Lo más desafiante es controlar nuestro impulso de querer expresar cuanto se nos viene a la mente sin pasar por un filtro previo lo que realmente vale la pena expresar y lo que no. Y antes de hablar hacia afuera, hay otra conversación que casi nunca reviso: la que tengo conmigo. Tantas veces me sumerjo en la rutina diaria que pierdo de vista el magnífico poder que tiene mi mente. Debería aprender a darle más importancia a mis conversaciones internas, aprender a controlarlas y manejarlas de manera consciente porque cómo me hablo también impacta en cómo yo le hablo al mundo. Si arrastro conversaciones negativas hacia mí, la frustración y el enojo serán disparadores y moldearán la manera con la que converso con el mundo. 



Aprender a hablarnos con amabilidad y tolerancia nos llevará a ser compasivos con lo que nos rodea. Debo recordar que mi verdad no es la verdad absoluta ni para mí ni para el mundo. ¿Vale la pena generar consecuencias negativas y dañinas sobre algo que no es enteramente cierto? Podemos estar convencidos sobre lo que decimos pero, una conversación con el otro nos mostrará otra arista que tal vez nos lleve a repensar nuestras convicciones. El valor de una conversación es invaluable. Entender que un tono agresivo y dañino, o levantar la voz no significa que nuestro argumento sea más poderoso. Por el contrario, estamos perdiendo el foco en el cómo diluyendo así el verdadero mensaje. Conversemos desde la calma, practiquemos el hábito de construir con nuestras palabras.


 
 
 

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