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Expectativas

  • Foto del escritor: calmaparahabitar
    calmaparahabitar
  • 28 jul
  • 2 min de lectura

Rara vez me pesa tanto la realidad como me pesa lo que esperaba de ella. Me he dado cuenta de que gran parte de mi cansancio cotidiano no proviene solo de las tareas que acumulo en el día, sino del esfuerzo silencioso por hacer encajar mi vida en un molde preconcebido. A menudo me descubro proyectando cómo deberían ser mis relaciones, mis proyectos o incluso mis estados de ánimo. Sin embargo, cuando logro bajar un cambio y observar con atención, descubro que la vida suele ocurrir precisamente en el margen donde las expectativas se rompen.



Me ha pasado muchas veces: preparo una conversación en la mente antes de que suceda. Ensayo las palabras, anticipo las respuestas y dibujo en el aire el desarrollo perfecto de la escena. Pero cuando el momento finalmente llega, la otra persona dice algo completamente distinto, el clima no acompaña o la situación toma un rumbo imprevisto. En esa pequeña brecha entre lo que imaginé y lo que realmente ocurrió suele aparecer mi frustración. No porque la realidad haya sido mala, sino porque no se pareció al guión que yo había escrito.


¿Cuántas veces me he descubierto castigando mi presente solo por no parecerse al futuro que imaginé? Construyo expectativas de manera casi imperceptible: sobre lo que debería haber logrado a esta edad, sobre cómo tendría que reaccionar el otro o sobre lo fluida que debería ser mi semana.

Para mí, entender la diferencia entre tener un mapa y exigir que el terreno se adapte a él ha sido una lección constante. La planificación es un boceto flexible mientras que la expectativa rígida es un contrato impositivo que le exijo firmar a una realidad que nunca dio su consentimiento.



Cuando me empeño en que las cosas salgan exactamente como las imaginé, me pierdo de lo que sí está pasando. Me ausento de la conversación real por estar lamentando la conversación que no fue. Descalifico un encuentro, un logro o un día entero simplemente porque tomó un matiz diferente al que había imaginado en mi cabeza.

Quizás el ejercicio más honesto y reparador que puedo hacer hoy sea el de aflojar con las expectativas. Bajar la exigencia sobre cómo deberían reaccionar los demás o qué tan lineal debería ser mi camino. Al flexibilizar mi mirada la frustración le cede espacio a la observación. Empiezo a recibir lo que hay con la decencia básica de quien no pretende controlarlo todo, sino aprender a caminar en calma.


Habitar mi presente exige soltar el guión. Aceptar que la vida casi nunca responde a mis proyecciones no es resignación; es sentido común. Es entender que, cuando dejo de exigirle a la realidad que encaje en mis expectativas, por fin encuentro el espacio y el aire suficiente para empezar a vivirla tal como es.




 
 
 

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