¿Qué significa ser libre?
Muchas veces me pregunto: ¿puedo tomar las riendas de mi vida completamente?
Desde que nacemos estamos insertos en un sistema social, con normas que nos dictan cómo debemos comportarnos para integrar dicha sociedad. No solo en cuanto a conductas, sino también en cuanto a nuestros deseos. Sí o sí debo contar con dinero para acceder a bienes materiales que me permitan vivir el día a día: salud, alimentos, hogar, transporte, vestimenta.

Para obtener ese dinero debo recurrir al trabajo. Seamos realistas, no todas las personas tenemos las mismas oportunidades. Muchos debemos trabajar desde temprano para otros porque la urgencia del dinero es real. Nos sometemos a un sistema preconcebido para poder ser un poquito libres de decidir qué me gustaría comer, dónde quisiera vivir y a dónde quisiera ir. Para vivir en sociedad es inevitable ser rehén de otros sub-sistemas: el de la salud, el de la alimentación, el de la vestimenta, el del transporte, el de las finanzas.
¿Somos enteramente libres? Yo creo que no. Más allá o más acá estamos sujetos al afuera. ¿Es viable dejar de hacer de un día para el otro lo que hacemos para elegir libremente lo que realmente deseamos hacer? Sí, pero indudablemente necesitaremos un colchón financiero porque las necesidades básicas de supervivencia no dejan de existir. Porque la definición de una vida digna es tener un hogar habitable, y para acceder a él, necesitamos dinero. Y así sucesivamente… Sin embargo, en medio de esta rueda imparable, me hago otra pregunta incómoda: ¿hemos confundido la libertad con la capacidad de consumir opciones?

A menudo nos convencemos de que seremos libres el día que renunciemos al trabajo, cuando no tengamos deudas o cuando podamos comprarnos el tiempo libre. Pero mientras esperamos ese futuro idealizado, la inercia del presente nos consume. Nos volvemos rehenes no solo del sistema económico, sino del ruido, de las expectativas ajenas y de la prisa por llegar a un lugar que jamás parece alcanzarle a nuestra ambición.
Decía Viktor Frankl, reconocido neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco, que al ser humano se le puede despojar de casi todo, excepto de una cosa: la última de las libertades humanas, que es elegir la actitud personal ante cualquier conjunto de circunstancias. Quizás la libertad absoluta sea una utopía estructural. Pero la libertad cotidiana —esa que se cultiva en voz baja— es una decisión de cada día.
Libertad también es decidir qué pensamiento no voy a alimentar hoy. Es poner un límite claro cuando la exigencia laboral pretende adueñarse de mi descanso. Es soltar el celular por media hora y mirar la luz atravesar la ventana sin sentir la culpa de no estar "produciendo".
No puedo cambiar las reglas del juego socioeconómico de la noche a la mañana, y reconocerlo no es resignación; es honestidad. Pero sí puedo decidir no entregarle mi esencia a esa máquina. Puedo construir un refugio en mi mente donde las urgencias del afuera no tengan permiso para gritar. Tal vez no se trate de escapar del mundo para ser libres, sino de aprender a habitarlo sin perdernos en él.




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