La dulzura de no hacer nada
- calmaparahabitar
- 22 jun
- 2 min de lectura
Siento que vivo en un mundo acelerado donde el acto de hacer algo constantemente se ha convertido en un estilo de vida estresante y agotador. Si no hacemos nada, creemos que estamos atrasados. Alguien seguramente hizo algo durante el tiempo que no hicimos nada, y nos ganó. Tenemos el impulso de compararnos con los demás para asegurarnos que venimos haciendo las cosas bien o mal, viviendo según el dictamen de un tercero. ¿Estoy habitando mi vida bajo los estándares impuestos por un tercero?. La sociedad nos ha programado para creer que nuestro valor depende de qué tan ocupados estamos haciendo algo. Un “algo” que tal vez ni siquiera está conectado ni alineado con lo que anhelamos profundamente para nuestra vida.

Personalmente me encanta el proverbio italiano “dolce far niente”, también conocido como “la dulzura de no hacer nada”. Es el placer de contemplar el momento. Ese momento de desconectarme de lo que hago, de mi ego. Tomar consciencia del lugar y el instante que estoy habitando ahora, acá. Aprender a habitar el minuto presente sin la presión de que ese minuto rinda económicamente o profesionalmente. No dudo que nuestros padres y abuelos supieron encontrar ese dulce sabor de estar presentes. Sin la ligereza de un mundo atrapante de noticias, redes sociales, mensajes y llamadas permanentes a través de una pantalla. Ellos supieron habitar, contemplar, disfrutar, atesorar. Eso quiero para mí.

He intentado este ejercicio: apagar todas las notificaciones de mi celular y dejarlo en otra habitación. Mientras, siento la ansiedad de estar perdiéndome algo, de no contestar enseguida, de no estar disponible para otros. Sigo anteponiendo las necesidades de otra persona. Luego estoy yo. Y encima tengo que tolerar a alguien preguntando: “¿por qué no contestabas?”. ¿Desde cuándo me debo a la exigencia de otra persona?. ¿Por qué lo permito y encima suelo justificar de manera inconsciente diciendo: “discúlpame, estaba durmiendo”; o “discúlpame, me estaba bañando”?. Ninguna disculpa tengo que pedir, estaba ocupándome de mí y elijo hacerlo de ahora en más, día a día. Momento a momento. No atendí porque elegí dedicar mi tiempo y espacio a lo que tengo ganas de hacer. Es verdad, y no tengo que sentir culpa por así sentirlo.
Es parte del respeto que quiero construir. De los límites que necesito para habitar mi vida. Elegir mirar por la ventana por unos minutos mientras tomo un café sin sentirme culpable. Y está bien. Y no es “hacer nada”, es hacer algo para mí. Algo que me nutre, que me da paz, que me permite enfocar mi atención en lo que verdaderamente atesoro y está alineado con lo que deseo. Vivir con consciencia plena, habitar mi vida.




Comentarios